EASY RIDER, BUSCO MI DESTINO.

 

Ya no somos los mismos, qué duda cabe. Hemos ido cambiando imperceptiblemente comenzando por nuestros rasgos —nos encontramos con una arruga alrededor de los ojos o un cojín adiposo en el abdómen y otras secuelas peores, por ejemplo— . El estado físico en general, la mente en particular, todo en nosotros ha cambiado. Aún nuestros gustos sobre diferentes ítems ha ido, paulatina e irrevocablemente, mutando. Y en estos ítems, podemos encasillar a nuestras relaciones personales y/o afectivas. Por poner un ejemplo duro : «¿ Cómo mierda pude amar a ese bodrio que en cuanto abría la bocaza la cagaba?» Amén de la insoportable pedantería que en ese entonces  parecía la de una personalidad incomprendida por el común de los envidiosos mortales.

Easy Rider
Iconos de mi generación setentera: Fonda y Hopper.

Y está bien que así sea. Nada hay más patético que aquél ciudadano del siglo XXI que insiste en vestirse como si viniera llegando de Woodstock. No. No cuadra. Vivir aferrado a circunstancias por más placenteras e irrepetibles que hayan sido, no otorgan patente de corso para mantenerlas en un contínuo pabellón de cuidados intensivos. Lo pasado, pasó y a otra cosa mariposa. Así funciona el asunto.

Hubo varias cosas que fueron una especie de fijación gatillada por la nostalgia adobada con un mucho de lo irremediablemente ido. Una de ellas fué el tema de Procol Harum Song for a dreamer —parte del L.P. Broken Barricades, que apareció alrededor del ’71, minutos más, minutos menos—, que no lo había podido encontrar en vinilo como alguna vez lo tuve. Prestar libros y/o discos es una pésima inclinación.  Amazon de por medio, lo tengo ¡Sursum corda!

Lo que sin lugar a dudas rondaba insistentemente por las anfractuosidades de mi materia gris era una película. Una película que ví no sé cuantas veces— más de 10 en todo caso—, con mis colegas macoñeros, panda de melenudos tercermundistas. Si hubiese existido eso de cliente frecuente en el cine de mi pueblo donde la estuvieron exhibiendo, habríamos obtenido la credencial platinum, por lo menos. Fueron varios fines de semana en que, deliciosamente arrobados por la ingesta de alguna sustancia ilegal nos dejábamos caer por el local y ahí nos quedábamos, disfrutando de su banda sonora, cada uno de cuyos temas, por sí solos se transformaron en clásicos del Rock, hasta que Don Tito —el tipo que estaba en la cabina operando el proyector—, nos exhortaba a grito pelado: «¡Ya póh, vagos de mierda, mándense a cambiar que son las 11 de la noche!» Sublime e inolvidable Don Tito.

Como habréis deducido, sagaces, al ver la imagen que ilustra este mamotreto, la película es «Easy Rider», cuyo título fuera traducido como «Busco mi destino» o «Buscando mi destino».

Nos maravillamos con la música y con la filosofía de la libertad; con la filosofía del compartir y todos esos tópicos que más tarde Lennon plasmaría en Imagine y que, tanto ayer como ahora, se contraponían abiertamente con el modelo de sociedad materialista e intolerante con los descarriados, sobre todo si son jóvenes, en que los protagonistas Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson desenvuelven el cuento.

Bien, hace algunos dias en Netlix encontré el objeto de mis desvelos juveniles y me preparé a disfrutarla a todo trapo: Jamaican Dream para amenizar la velada.

¡Que frustrante y cabrona desilusión!

Vista con los ojos de siempre pero tamizada por la mente de ahora, la película es una porquería. Dicho así, sin anestesia ni preámbulo: un embutido donde se mezclan sin miramientos ni objeto la más variopinta colección de clichés que en su entonces, a nos, parecían objeto de la más profunda filosofía y aspiración existencial. Casi al mismo nivel de la que espetaba desde sus escritos el lama reencarnado Lobsang Rampa, otro farsante irredento, producto que asomó el morro también en los gloriosos e irrepetibles 70’s. ¡Larga vida al Rey Lagarto!

¿ Lo bueno de esta aventura? Que mi hijo menor no estaba en casa. Conociéndolo, no tendré que pasar por sus miradas aparentemente inocuas pero virulentas en su irónico sesgo.

© Pangolín Insomne 2022.-

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