CRONOPIOS Y TWITTER

En alguna parte leí algo como «El gran logro de Twitter ha sido conseguir que odies a los demás tanto como a tí mismo». No tengo idea de cuánta verdad hay en esta aseveración pero al menos da un indicio de disconformidad, un chirrido en los engranajes de la fauna que pulula por esa red social.

Créditos: Pexels.com

Si lo pienso lo más objetivamente posible, de acuerdo a los cánones comúnmente aceptados y dados como certificado de ciudadanía, soy un bicho raro.  Un cronopio, en elegante; no me molesta en todo caso. Lo asumo con humildad y entereza. Tampoco alardeo del autocalificativo aún considerando la casi total certeza que varios en mi entorno también lo piensan aunque se refieren a este desorden cognitivo en lenguaje llano, mucho más llano. Desde mi óptica es como escribir con la mano izquierda o hacerse la raya del peinado al otro lado. Nada patológico, extraordinario o que amerite tomar reguardos especiales o terapias, sino la pedestre dificultad para seguir al rebaño. Cualquier rebaño. Aunque claro está, aquello también es pertenecer a uno: el de quienes no siguen rebaños; pero para qué demonios rizar el rizo en demasía. En fin, así está la cosa desde este lado. Al menos somos minoría y en una de esas podremos junto a los boomers y heteros ser declarados por la Unesco como especies protegidas.

¿A cuento de qué viene esta disgresión?

Que hace algunos años decidí, al parecer en pleno uso de mis facultades mentales pero sumido en un cabreo cataclísmico, cerrar mi cuenta de Twitter.

¡Así de simple, bro! ¿Me costó? ¡Claro que sí! ¿A quién no le cuesta desligarse de alguna adicción sea tabaco, trago, apuestas, heroína o comida chatarra? Hay que tener presencia de ánimo para llegado al punto en que el índice está a unos milímetros de la tecla «Enter»—momento en que el Universo entero contiene la respiración—, persistir y mandar a la mismísima mierda a un par de miles de seguidores.

¡Cielos, queridísimos hermanos en la fé! Cuesta una enormidad resistir a pié firme la tentación de reactivar la cuenta dentro del plazo—que tiene un límite perentorio— en que la has puesto: «animación suspendida». Te dices ¿ Qué tanto si sólo voy y echo una mirada al pasar y salgo? ¿Qué tanto drama si me pongo un pinchazo más— the real last?, titubea el yonqui frente a la jeringa cargada. Y ahí está el meollo del asunto. No hay más. Somos o no somos: tomar la cruz y echárnosla al hombro. Después veremos cuánto afecta tal decisión nuestra estabilidad emocional. En una de esas conseguimos llevar una vida hasta aceptable, esperando el momento en que los tiempos y el ambiente cambien con la llegada de Elon Musk que, por lo visto, viene más con el garrote que zanahorias. ¡Albricias!

¡Enter y yastá!

© Pangolín Insomne 2022.-

 

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