DESDE LA CLÍNICA: UNA VISITA INVISIBLE

Tengo en la boca el sabor que me queda pegado por harto tiempo cuando ocurre que me pongo malito y el personal que trabaja acá me coloca medicinas con violencia. Ni siquiera tengo un miserable espejo para tratar de averiguar por qué siento la cara hecha bolsa.

Photo by cottonbro on Pexels.com

Lo cierto es que como otras veces desperté amarrado a la cama y con las malditas luces del techo del dormitorio prendidas. S los administradores supieran lo que eso molesta, y les interesara, tal vez buscarían la manera de evitar tanto incordio inútil, porque a mi de da por gritar para que las apaguen pero no hay caso. Pareciera que disfrutan dejándome tirado, adolorido por todas partes especialmente por el lado del tórax que es como se llama el sector que se encuentra debajo de la cabeza hasta la cintura. Siempre es lo mismo. Siempre lo mismo.

Ocurre que de repente aparece en mi memoria una imagen que no sé si me persigue, o sea que está metida en algún doblez del cerebro y que al estirarse un poquito la deja salir y se me hace visible, pero sólo dentro de mi pero es muy real.

Es la imagen de un niño. Como de un metro de alto, con una botella de plástico de un color colorado sujeta en una mano, pantalones acampanados, una especie de collar o colgante hecho con unas tiras de cuero y un cilindro de loza morisca. No sé por qué pero tengo la certeza de que se lo hice yo aunque no sé cuándo ni como podría haber sido.

El niño está parado en el jardín de una plaza que me parece reconocer y tiene una mirada de profunda melancolía en sus ojos, de un negro que me conmueve. Según lo que he podido escuchar cuando me dejan atado a la cama y los enfermeros creen que estoy dormido o inconsciente y hablan para no aburrirse de cualquier cosa, ese niño es el mismo que salía en una foto que se me ha perdido y esa pérdida me ha dejado un hueco en el alma igual al hueco que le queda a uno en la boca cuando pierde un diente delantero.

Dicen también que es mi hijo y que su mamá se lo llevó a Chipre, que es una isla que está más o menos al medio del mar, porque se casó con otra persona que vendría siendo ahora como el papá de ese niño que es mío, o mejor, que yo soy de ese niño porque en alguna parte les comenté a ustedes que los hijos no nos pertenecen.

Y ahí me pasa que cuando esa imagen se me presenta, o que mi mente la llama desdoblando el recoveco del cerebro en donde se esconde, que me entra la desesperación y ganas de salir de acá y es como una bola o pelota que para la idea que les quiero dar viene siendo igual, me crece dentro del estómago y comienza a llenar y llenar todo con una especie de tristeza, abandono, ira, mucha pena y ahí ya no me puedo contener.

Yo no soy un humano violento. El personal de acá es violento porque no los puedo hacer entender que esta vida—o puta vida como ahora mismo con rabia la llamo— no tiene ningún sentido y es mía, solamente mía y es lo único que me va quedando y que si a mi se me antoja tirarla por el desagüe, ¿Por qué mierda (con el perdón de los presentes y alguna dama, si la hubiera) no me dejan y que todo esto acabe de una maldita vez? ¡Claro, ellos no tienen idea de lo que siento! Se imaginan o están convencidos que no puedo porque llegan y deciden por mi y lo que creen es mejor, pero no es así.

Después de todo lo que ha pasado esta semana, tengo claro que me espera no sé cuánto tiempo de seguir con los brebajes que me dejan tal si estuviese mirándome desde afuera, con el corazón o el órgano donde se asientan los sentimientos como una piedra al medio de un gigantesco desierto, con las apenas ganas de respirar y pena, mucha pena. Demasiada pena que se hace más grande por los malditos medicamentos que me han dejado el espíritu seco, sin la posibilidad ni la capacidad siquiera de llorar a grito pelado si quisiera y que mis lágrimas se mezclen con la lluvia y de alguna manera lleguen al mar y a la isla donde se encuentra el niño que me persigue desde la fotografía que ya no tengo.

Pero dentro de todo este kilombo, al menos tengo el consuelo que él me ha venido a visitar. Lo sentí junto a mí cuando estaba amarrado. Llegó con su capa de invisibilidad y nadie lo vió. Yo tampoco pude verlo pero sentí que tocó una de mis manos y me pasó un trapito húmedo por los labios…«mi hijo, ¿Se imaginará que aún existo?»

© Pangolín Insomne 2022.-

2 comentarios sobre “DESDE LA CLÍNICA: UNA VISITA INVISIBLE

  1. Mmm…muy bueno y sugerente. Me pregunto hacia dónde va la historia. Y ahora, las críticas: tienes una «S» huérfana en el comienzo. Y la frase «mirada de profunda melancolía en sus ojos bellamente negros» me descoloca por la adjetivación. Sería mejor «mirada de profunda melancolía en sus ojos, de un negro que me enamora». Recuerda: mejor mostrar que decir.

    Me gusta

  2. La historia es cabronaza. Varios relatos que he publicado están relacionados; se refieren al mismo personaje que cuenta y se refiere entre otras cosas y situaciones recurrentes al niño de » mirada de profunda melancolía en sus ojos bellamente negros» y a una fotografía del mismo que ha perdido.
    Parece que no has leído el relato precedente: «Desde la clínica, el comienzo»
    La historia concluye con «Un viaje vertical!

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.