DESDE LA CLÍNICA, EL COMIENZO

La realidad, esa vieja testaruda, se había encargado con meticulosa porfía de echar abajo cada uno de sus sueños. Como una hilera de fichas de dominó que comienzan a caer luego de ser desestabilizada la primera de ellas, así mismo; así mismito, lenta e inexorablemente su vida habíase ido de hocico al reverendo carajo.

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Sin imaginarlo ni sentirlo, una especie de llovizna otoñal le había ido humedeciendo paulatinamente a lo largo de estos últimos veinte o veinticinco años, hasta acabar con él como estaba ahora: calado hasta los huesos de pura e irremediable fatalidad.

«Es increíble«, reflexionó con el ceño fruncido mientras dejaba a sus ojos vagar en total libertad por el paisaje de calles sin pavimentar que ahora formaba su mundo.

Hace algunos años esta situación de precariedad habría gatillado una serie de acontecimientos que autorreplicándose sin control le acorralarían, estampando su silueta en el muro del fracaso, como efectivamente había ocurrido. Sin embargo, no lo sentía así. Y esto —ese hecho— le parecía increíble. ¿Qué estaba pasando? ¿ Tenía alguna lógica o explicación esta cadena interminable?

Por otro lado, esa abulia de estar balanceándose en las patas traseras de la silla, acentuaba aún más la sensación de que algo, en algún momento, dejó de funcionar. Empero, si con un poco de esfuerzo lograba echar atrás la cinta de su vida, se percataba que aún cuando la tecla para tal efecto funcionaba, era imposible llevar su retroceso hasta el lugar preciso en que pudiera decir«Sí, aquí fué donde comenzó a quedar la gran cagada gran”. Sencillamente, eran tantos los momentos que suspendidos en el tiempo jalonaban su camino con multitud de banderitas de colores, que la tarea francamente lo anonadaba.

Y así estaba ahora, con el ceño fruncido y una especie de rabia sorda desafiando a la física, fiado a la no muy sólida constitución del mueble que honraban sus posaderas. A diferencia de sus compañeros, había olvidado cuando fué la última vez que recibió una visita, así es que en estos días se dedicaba a encerrarse en sí, a la vista de los viandantes que pasaban por el otro lado de la reja que delimita ambos mundos.

Era inútil por lo demás, y lo sabía, dejarse deslizar por la ancha y tentadora avenida de la conmiseración que recordó avergonzado haber recorrido unas veces a trompicones, otras fustigado por la argumentación inextricable de la cáfila de terapeutas que habían hecho el intento (y otras con resignada fruición de tahúr) porque además de inútil, no lo llevaba a ningún lado. Cuando mucho y a duras penas, conseguía hacerlo cambiar de posición en el mismo escaque y eso a fin de cuentas, no valía siquiera el esfuerzo de evitar considerarlo.

Así pues, con inusitada decisión bajó los pies que afirmaba en la baranda del corredor. La silla recupera su horizontalidad al apoyarse en las cuatro patas y ahí cae en cuenta de que la verdad-verdad, no tenía idea del por qué de ese gesto si no tenía intención de abandonar la gratificante sombra que le protegía del calor de ese interminable verano.

Solamente para no perder el impulso terminó de incorporarse y al hacerlo, sintió todavía la presión que hasta hace unos segundos hiciera el borde de la madera contra el ángulo donde el taco de sus botas se unía con la suela y sin proponérselo, se encontró mirando con toda atención los desesperados intentos de una mosca por liberarse de la telaraña en que estúpidamente fué a entramparse.

Entrecerró los ojos para enfocar con nitidez la truculenta escena que supuso se avecinaba y entonces advierte que su mirada pasa de largo a través de los hilos yendo a estrellarse en las siluetas de dos personas que con lentitud se movían por la vereda de enfrente. Le tomó un par de latidos del corazón decodificar esa información y asimilarla: “Don Bauche y su paseo de media cuadra apoyado en el brazo de su sobrino”. Tras esa constatación, recogió la mirada para situarla nuevamente en la telaraña donde la tragedia ya se había consumado y la cazadora arrastraba con firmeza la cena que aún se resistía a cooperar; con ello no pudo dejar de asociar el devastador efecto de los años sobre la frágil e insegura humanidad de Don Bauche (y en general de toda la Humanidad), el drama que acababa de ocurrir ante sus narices y su propia situación.

«¡Mierda! el asunto tiene unas connotaciones alegóricas preocupantes».

© Pangolín Insomne 2022.-

2 comentarios sobre “DESDE LA CLÍNICA, EL COMIENZO

  1. Muy, muy bueno. Un detalle tan solo (sabes que no puedo resistirme): en la frase «la actualidad: calado hasta los huesos de pura e irremediable fatalidad.», hay una rima malsonante. Sugiero cambiar «en la actualidad» por «ahora».

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