NUESTRA FEMINISTA RESIDENTE

En algún momento uno puede ser prisionero de sus palabras…o de sus actos.  Así ha sido en el caso de Carlos ,un amigo desde siempre, quien vaya uno a saber por qué tuvo aquel destello de inspiración que le llevó a decir en la primera visita a casa de sus futuros suegros que tomaba el café sin azúcar. Por lo que he visto ya es un bebedor de café sin azúcar asumido: cortó el árbol e hizo los maderos de esa cruz que se echó al hombro con casual desinterés hace varias décadas e imagino no tiene dramas porque dejó de cuestionar el maldito momento en que dijo lo que dijo. Así es la vida, Bartolo.

Y claro a grandes rasgos uno es lo que es y eso tiene algo de inevitable. Así las cosas y para comenzar a perfilar el fondo del asunto, a lo anterior hay que agregar como aderezo el que la mujer aunque ha ganado un escaño en el parlamento, lo ha perdido en el metro y eso es definitivo.

En otro orden de cosas, aunque siguiendo la ilación que aún no se percibe, debo aclarar que siempre he sido, o con más propiedad ¿Debiera decir fuí o era? un tipo al que por cuestiones de formación, cree (creía, creyó), que la cortesía en el trato hacia las mujeres no implica un dejo de supremacía machista: abrirles la puerta y que pasen; tenderles la mano al salir del coche; ponerse de pié cuando llegan o salen de la habitación o la mesa en que estamos, son asuntos que me fueron inculcados y por siempre permanecerán en mi disco duro. Caminar teniendo a la dama alejada del borde de la vereda, sujetarles y ayudares con la silla al sentarse no significa que sean unas inútiles de mierda y nosotros la fortaleza y razón. Es simple y cotidiana cortesía. Delicadeza en el trato. Ciertamente estos detalles son un anacronismo galopante en la época que corre pero qué se le vá a hacer, como decía más arriba: uno es como es; eso no significa que ande por este ancho mundo haciendo reverencias a diestra y siniestra levantado el mentón, empalagado en modales rococó.

Ahora, déjenme contarles sobre una conocida.

feminista-dos

Marta es cuarentona, soltera, sin hijos, de buen ver aunque no llamativa. Es interesante. Se puede decir exitosa por los logros que ha alcanzado en la empresa para la cual trabaja: tiene a su cargo alrededor de 150 trabajadores. En términos prosaicos tiene a alrededor de 150 machos agarrados por el culo o por alguna otra parte pudenda. Y al decir esto último, estoy tratando de fijar un preámbulo de lo que es la parte fuerte en su carácter. Es feminista a ultranza. Para ella, todos lo hombres no somos sino una mezcolanza de testosterona, poco cerebro y personalidad de falócratas irredentos. Únicos causantes de las pocas posibilidades laborales, las desigualdades en cuanto a ingresos y que subsistan recluídas en casa, preñadas, paridas y/o amamantando. Para ser franco, el panorama delineado por Marta no puede ser más desalentador.

En fin… su vertiente de ortodoxia feminista la vislumbré en cierta reunión en la que coincidimos. Era un comité de trabajo para implementar acciones tendientes a erradicar del lugar un criadero de cerdos que nos tenía crispados a más no poder con sus pestilencias. En eso estábamos cuando llega. Nada más acercarse a la mesa me paro solícito y sujeto la silla para que se acomode. Me mira como si le hubiese tirado un agarrón al trasero y espeta con glacial acento: “Gracias, yo puedo sola” Quedé perplejo. Realmente no me lo esperaba y debo haber puesto una cara de idiota que hizo caer un silencio incómodo entre los asistentes. Pasó, simplemente. No soy un humano especialmente rencoroso y aunque el incidente me supo desagradable no impidió que esa noche durmiera a pierna suelta. Lo olvidé. Punto.

Y aquí es donde comienza a confluir todo. Las piezas de este Lego comienzan a encajar.

Vivo en una comunidad rural que se asienta al borde de la carretera y se extiende a uno de sus costados en una extensión de varios kilómetros. Tenemos espacio. De ella se desprenden varios caminos de menor importancia, pavimentados en la actualidad, y uno de ellos situado a unos cinco kilómetros desde mi casa, es donde transcurre la acción cuyos prolegómenos he esbozado. Este camino que tiene alrededor de doce kilómetros desde su arranque con la carretera es donde acostumbramos ir con mi mujer y mi hijo a andar en bici llevando a Balto, nuestro perro, a patas. Es un buen lugar porque es muy poco transitado: tarde mal y nunca pasa algún vehículo; generalmente maquinaria agrícola. Se puede pedalear tranquilos, el perro correteando a piaccere con muy poco riesgo de acabar siendo una mancha de huesos y menudencias en el pavimento.

En eso íbamos esa calurosa tarde de sábado en dirección a los cerros donde acaba el camino cuando detrás de nosotros en su Dodge Ram 3.5, aparece Marta. Nos semisaluda al pasar disminuyendo la velocidad y sigue en la misma dirección que llevábamos. “Sus papás viven un poco más adentro”, dice mi mujer. Y claro, unos minutos después, vimos su camioneta, acezando, bajo unos árboles en el patio de una casa.

Seguimos y llegamos donde acaba el camino. Termina sin aspavientos. Nos pusimos un rato a la sombra y una vez que creímos estar descansados, montamos nuevamente y emprendemos el regreso. La camioneta ya no estaba en el patio de la casa. Estaba más adelante al borde del camino con la rueda trasera izquierda desinflada y su conductora con cara de contrariedad sentada en la parte trasera mirando en lontanaza teléfono móvil en mano.

Al aproximarnos, puedo ver por las marcas en el pavimento que había tenido un reventón unos doscientos metros más atrás y tal vez creyó que podía seguir así hasta llegar donde pudieran reparar la rueda. No había sido así: el neumático había terminado por morirse completamente y era un amasijo de caucho y tejido metálico. La única solución era cambiarlo por la refacción, in situ

Puedo percibir una como sonrisa en la cara de Marta ¡La caballería había llegado! Lo malo para sus aspiraciones era que en algún lúgubre sótano de mi mente ya había sido diseñado un curso de acción, aunque el yo sonriente que miraba con condescendencia a la desgraciada princesa no estuviera al tanto, aún.

Deberías mover la camioneta hacia allá que es más ancha la berma: así no corres el riesgo de que algún vehículo te pase por encima cuando te metas debajo, dicho en tono naturalmente fraternal. Dió un respingo por las amenazantes implicancias que se desprendían de mi exhortación; aún así, hizo lo que le indiqué y se queda en la cabina, expectante.

¿ Me vas a ayudar?

Por supuesto que sí. Asumiendo el papel que mi lado oscuro había desenrrollado desde los meandros de mi memoria: de los sótanos que hablé más arriba. Yo te diré cómo se hace, remacho con una impecable verónica.

Me dá una mirada cargada de indefinibles tintes. Ha comprendido de qué vá el asunto.

Le costó entender que las tuercas se aflojan en sentido contrario al del reloj pero lo hizo. Y así, a tirones, maldiciendo a ratos, maldiciéndome secretamente supongo, completó la faena casi cuando el sol se ocultaba.

Mientras nos alejábamos con mi prole y el perro, mi mujer me dice con una sonrisa gigantesca en los ojos: “eres un canalla” . No, no lo soy , me defiendo, buscando una manera irónicamente elegante de desenfundar el sarcasmo que se me subía por los poros:  soy sólo un buen samaritano que quiso darle la oportunidad de ser consecuente.

© Pangolín Insomne 2022.-

4 comentarios sobre “NUESTRA FEMINISTA RESIDENTE

  1. Bueno, un poco cabrito sí que eres 🤣🤣🤣. Igual podrías haberla ayudado y luego recordarle el desplante: hubiera sido un golpe más bajo y permanente a la larga y una lección de humildad. Sea mujer o hombre, yo no sé nada de plomería y me importa un pepino si quién viene a descargar el caño es chico o chica. Esto iba de competencias, no de género. Pero igual aplaudo tu línea de acción y me he topado con desplantes similares, una vez sosteniendo la puerta de una tienda. Si quien hubiera venido cargada de bultos hubiese sido un niño, un anciano, un hombretón o una mujer hecha y derecha, igual hubiese ayudado. Cortesía se confunde con caballerosidad (a la cual tampoco le hago ascos).

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  2. Mientras nos acercábamos al artefacto averiado me pareció ver un «algo» en su sonrisa (como si tuviese un diente de oro) que hizo que el caballero que siempre soy, se negara a ser utilizado. Por otro lado, mi parienta estaba presente en la reunión aquella y el recuerdo de sus ojos echando chispas por el desaire que fuí objeto inclinó la balanza. No había por donde perderse.
    En reuniones posteriores, nos encontramos con Marta y su comentario entre risas fué «Estuvo buena, ésa sí que estuvo buena, me cagaste medio a medio».
    En fin…

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  3. Shney, hiciste el bien. Esa mujer aprendió a cambiar una rueda de coche. Y ganar en sabiduría y perder en ignorancia está bien. De hecho, en señal de agradecimiento, esa mujer debería hacerte una felación.

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