PROSAPIA, ACEITUNAS Y OTRAS COSAS

AUTOR: SHNEY

Considero de pésimo gusto que no estés muy cómodo en esta convocatoria urdida precisamente con el fin de estrechar lazos con tus electores— y posibles reelectores, huelga decir—, a quienes perseguiste, acosaste, importunaste, incordiaste y a decir de los hocicones que nunca faltan, compraste ¡Oh, Insigne funambulista del cohecho y chanchullos surtidos! con tal  que te auparan —como efectivamente ocurrió—, a la dignidad edilicia en la que profitas con entusiasmo y estulticia, financiada por nos, el pueblo.

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Es cosa de maravillarse contemplando el palacete que habitas. De ruinosa y decadente mansión que quedara entregada a la roña que el paso de las décadas dejara tras el fallecimiento del terraeniente que la construyó, devenida en lo que ahora vemos: una mezcolanza infumable de mal gusto y recargado rococó: A la entrada un par de leones de yeso advierten al viandante que allí comienzan los dominios de una Autoridad (así, con mayúsculas reverenciales) de ignotos lauros pero Autoridad al fin y al cabo.

Por supuesto que la adquisición de tal propiedad ha sido muy escrutada—dado que antes de tu aparición en el circo político no se te conoció bienes ni menos, un trabajo que te los procurase—, y el convencimiento generalizado que sobrevuela el ambiente es que gracias a algunos pases mágicos, verificados mediante pagos bajo cuerda y en negro, fué inscrita a tu nombre en el Conservador de Bienes Raíces y Archivero Judicial del pueblo. De lo que no cabe duda es que los fondos que permitieron la obra restauratoria, provinieron de un desvío muy poco disimulado de  dinerillos destinados a la remodelación del gimnasio techado y cuartel de bomberos del lugar. Sí, tienes talento además de unos preceptos éticos muy todoterreno y en eso, ni aún la camarilla que pulula a tu alrededor lo discute.

Sin ser una lumbrera, eres inteligente; sabes jugar tus cartas: sigues usando el mismo auto—una gigantesca nave típicamente norteamericana: un Ford Cutlass de los años 60—, que te acompaña desde que te nos apareciste. Tu mismo lo conduces respetando todas las disposiciones del reglamento de tránsito y jamás lo has estacionado en lugar prohibido.

No se te conocen queridas a quienes hayas enchufado en la burocracia de tu administración, ni en otro lugar, merced a tus influencias.

Tampoco tienes media docena de asesores de imagen—en realidad no los necesitas dado el talante de cuarentón, reluciente alligator’s smile, elevado a tal magistratura por un llamamiento histórico—, enquistados en el departamento de relaciones públicas del municipio; no señor, nada de eso. Te presentas a la comunidad tal como eres.

Aunque tus alocuciones y exhortaciones son un batiburrillo de lugares comunes y socarrona demagogia, mirado objetivamente, no haces más daño que el que haría cualquier otro peafustán encaramado a la peana en la que te encuentras por obra y gracia de eso que llaman voluntad ciudadana. Nada nuevo bajo el sol.

En todo caso…

Dicen los que han tenido el privilegio de haberse sentado a tu mesa—entre los que no me cuento dado que mi voto fué para otro candidato—, que han visto en ti un singular estilo, inédito, a la hora de escupir los carozos de las aceitunas: eres capaz de acertar con total precisión, aún bajo los efectos de las fenomenales libaciones, en la copa del comensal que se encuentra enfrente tuyo al otro lado de la mesa. Talentoso de punta a cabo, si señor.

© Pangolín Insomne 2022.-

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