EL ARTE DE LA ESTUPIDEZ

En un universo aleatorio de cien personas ¿Cuántas saben al menos diez números telefónicos de memoria? ¿Cuántas son capaces de efectuar una multiplicación de cuatro dígitos sin utilizar calculadora? ¿Cuántas pueden llegar a algún lugar usando un mapa o su sentido de orientación sin recurrir al GPS? A estas alturas del partido, sé que es mucho pedir o esperar pero ¿Hay alguien que sepa cómo hacer fuego sin utilizar encendedor o cerillas? ¿Encontrar agua?
¿Qué ocurrirá con estas criaturas si por alguna razón—un apagón generalizado de un par de semanas, a modo de ejemplo—, para sobrevivir sólo tienen sus habilidades y lo que hay archivado dentro del cráneo? Incómodas y poco tranquilizadoras cuestiones.

No deja de asombrarme que como especie no nos hayamos extinguido y no hablo sólo del peligro siempre latente que un pelotudo, en algún momento y lugar, decida demostrar al resto del pasaje obligado de este planeta que él es el puto rey de la colina y nosotros, daño colateral necesario para el cumplimiento de sus afanes. Es cosa de sacar la testa afuera de la burbuja que es nuestra zona de confort para comprobarlo. Ejemplos hay de todos los tipos, colores y sensibilidades; mi enfoque va por otro lado, en todo caso.

Como dato al margen y así como al pasar, durante unos cuantos millones de años nuestros antepasados ​​se enfrentaron a una vida relativamente sencilla. Su único objetivo era mantenerse vivos y a salvo de los depredadores, un dia a la vez. Carrera, salto, copa de árbol y esperar a que la colección de colmillos y garras que los mira con indisimulado apetito encuentre otra fuente de proteínas y se mande a cambiar de una maldita vez ¡La nada misma, bro! Pero todo tiene un fin y un final: de presas se conviertieron en cazadores y aquí estamos tras una larguísima singladura, convertidos en Hombres Modernos, tecnologizados, ufanos de tener un smartphone y con él pedir comida o un Uber… ¡Llevamos sus mismos genes sólo que light o zero!

Hablo más bien de cómo las capacidades de razonamiento—elaborar un argumento, un plan de acción, resolver un problema con relativa precisión y rapidez, entender y sintetizar un texto de doscientas palabras—, en un porcentaje abrumador de ciudadanos comunes y corrientes, se han visto menguadas de forma dramática cuando no derechamente atrofiadas. No es que seamos más tontos. No. Es simplemente que el acceso a la información—buena, mala o peor— sumado a la ingente cantidad de artilugios que simplifican algunos procesos mentales, han devenido en una caterva de individuos cuya habilidad para enfrentarse al desafío que implica llegar a las nueve de la mañana sin que les ocurra una desgracia es abrumador. Basta echar una mirada a las redes sociales para darse cuenta de ello: una manga de iluminados a quienes la magia de internet les ha dado voz y anonimato—muy importante: anonimato—para ir sembrando las muestras y calibre de sus dislates a diestra y siniestra. Dénse una vueltecita por You Tube, Instagram, Facebook, Tik Tok o Twitter y luego me cuentan, malditos.

Lo que antes el tonto del pueblo eructaba en el bar o la barbería ahora es multiplicado y aplaudido a nivel planetario ¡Un éxito!

© Pangolín Insomne 2022.-

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