SABINA Y EL CLAVO ARDIENTE

Aferrarse a un clavo ardiente por no caer como dijo Sabina en alguna de sus canciones y en la que también declara no ser rojo de salón, suicida ni esquirol—dicho así como al pasar—, con la mejor cara de beodo reformado jugando Poker ¡Grande, Joaquín, no te mueras nunca!

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Hacerle una zancadilla a los buenos modales y maldecir, cagándose en todos los muertos de cada bicho viviente y estante como carretonero empantanado hasta los ejes bajo una lluvia de la grandísima, en último caso porque sí y ya está.

Apropiarse con delectación burguesa de algún escaño en la plaza del pueblo y fumarse con desafiante placer no-culpable un robusto porro «Jamaican Dream» y de pasada, mandar a la mismísima mierda el tren a cuerda de la impotencia aprendida. ¡Evohé, evohé!

Enfrentar con impavidez la llovizna de pétalos de madreperla esparciendo destellos e impunidad sobre los ectoplasmas que custodian las puertas del antro de drugos, yonquis, putas, proxenetas, falsos minusválidos, fracasados y resentidos varios; turistas en busca de la selfie perfecta y emociones fuertes, trapicheros y carteristas al pedo en que acabó convertida la Iglesia del «Sácre Coeur», sita en la misma cuadra de la casa que no me vió nacer porque no nací allí sino en otro lugar: un lugar sin Historia, niños, árboles, alegría ni palomas en sus parques de cemento y piedra, pero sí, humeantes carros de fritanga, cumbiamba desatada, valkirias de culo babilónico y faroles siempre encendidos.

Esperar infructuosamente noticias del Lord Protector quien contra viento y marea, firme, permanece en el Polifemo de La Habana cumpliendo su deber. Apártense vacas que la vida es corta, solía decir con absoluta certidumbre uno de los Buendía. Aunque esta alocución no tenga mucho que ver con lo anterior mueve a buscarle enjundia, espero.

Moverse con cuidado—con el temor del seminarista sorprendido en maniobras lúbricas bajo las sábanas—, por no saber a ciencia cierta qué terreno estás pisando. Con el ineludible, inasible, insondable pálpito que susurra pareciera…pareciera…que en algún momento te has mandado una cagada fenomenal y ni te has enterado pero los otros sí,capullo.

© Pangolín Insomne 2022.-

4 comentarios sobre “SABINA Y EL CLAVO ARDIENTE

  1. Hombre, honrado porque hayas dejado un huevo de pascua escondido entre tus letras. Pero para no perder la costumbre de la crítica constructiva, «negro—gárgolas—» debería ser «negro —gárgolas—». Lo he visto repetido en otras entradas.

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    1. Tienes razón, es un ripio que insistentemente se me cuela. Un tijeretazo, leve, y ya está.
      Fué una especie de epifanía depositar ese huevo de pascua. Supongo que mis cronistas se encargarán de dilucidar 😉

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