ODA A LA INERCIA

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En algún lugar del mundo alguien mira con desconsuelo las tres o cuatro monedas que sacó del bolsillo junto a una que otra miga de pan. Falta bastante para que amanezca y que los rayos del sol traigan algo de alivio a su osamenta. Está aquí y ahora tras un larguísimo camino jalonado de banderitas negras que señalan todos y cada uno de sus fracasos. No se queja, empero, lo asume. Las malas decisiones aunque hayan sido tomadas con la mejor de las intenciones antes o después pasan la cuenta y es un hecho irredargüible. Está consciente de ello, tanto que ya ni siquiera se culpa o culpa a los demás. La persona que fué ocasionalmente le visita, quizás para constatar que aún vive o torturarle; lo suficiente como para hacerle desear por sobre todas las cosas, volver. Volver a aquella época en que era invencible con todo un puto mundo por delante, orgullo de su familia y amigos…Pero sabe que eso es imposible.

Vivir (O morir) un poco cada día le ha sumido en un marasmo del cual no le interesa salir. Lo intentó una vez. Quiso reentrar al mundo de la gente: personas con proyectos, trabajos, obligaciones, amigos y familia pero no pudo. La pátina de miseria, ese halo perceptible de fatalidad y olor a trapos sucios guardados en un cajón por largo tiempo le condenaban excluyéndole: se había convertido en un paria sin sustancia ni asunto.

Ocasionalmente iba a sentarse a alguna plazuela para ver a la Humanidad deambular en sus ajetreos cotidianos—pequeños o grandes—, quehaceres de mentes y cuerpos ocupados por vivir de la mejor y más cómoda manera. Ellos no le veían pero él sí: era un despojo consciente de su invisibilidad.«Pude haber sido uno de ellos». Pero no lo era, punto; era él y no hay más.

Hasta la muerte lo había rechazado.

Aquella vez junto  a una cáfila de perdedores, derrotados esperpentos, se encontró encaramado a un viejo vagón de tren abandonado en la estación del pueblo, bebiendo en la oscuridad.  Sin escrúpulos se pasaban la botella que sorbían no importándoles lo asqueroso del cuello del recipiente. ¡Bebamos, colegas, de una buena vez! ¡La borrachera nos hermana!

Algo repentino que atraviesa en puntillas por detrás de sus ojos lo impulsa a incorporarse tambaleando para alejarse de sus cófrades. No sabía por qué, sólo sentía el deseo irrefrenable de hacer algo inédito que los demonios aupados en su espalda le sugerían con sibilina insistencia. Le costaba trabajo entender las señales aunque ya sabía de qué iría la cosa aunque no le entusiasmaba. Con parsimonia se despoja de su larga y sebosa bufanda atándola a una viga que se proyecta desde un galpón. Alcanza a ver el carro donde minutos antes estuviera; podía escuchar las risotadas y obscenidades proferidas por las voces aguardentosas de sus camaradas. Sube al pequeño bloque de cemento que había utilizado para amarrarla, hace un bozal y lo pone tirante alrededor del cuello y dentro del mismo movimiento patea el bloque. El nudo se aprieta al gaznate pero no sigue deslizándose como debiera: queda colgado, balanceándose a unos centímetros del suelo y a pesar de los saltos que dió no pasaba nada más. Sólo pendía y giraba impotente sin poder acabar su intento, tampoco hacer pié para quitarse el artefacto de muerte fallida oprimiéndole el pescuezo. 

El licor al parecer se había terminado: vió a sus compañeros bajarse del vagón y encaminarse más o menos al lugar donde pendulaba su humanidad. Le vieron, le reconocieron y ya desde lejos comenzaron a reírse de su patética figura pataleando. Se acercan y lo que pudo haber sido una tragedia fué motivo de jolgorio y pullas. No tenían prisa por ayudarle, hay que decir. Tras un breve conciliábulo lo bajan no sin antes despojarlo de zapatos y chaqueta y ahí le dejan: tirado en el suelo acezando, profundamente desilusionado.

Cuando los perpetradores del latrocinio se alejaban rumbo a la botillería para trocar las pertenencias del ex-camarada, pudieron escuchar por largo rato un bramido que bien podría haber sido una risotada. Nunca lo sabremos, en todo caso.

Por eso, cuando hurgaba en sus bolsillos para sacar esas monedas y migas de pan consciente de sus miserable vida, dejaba sin saberlo que el instinto de supervivencia actuara. No había muerto cuando quería y ahora depositaba lo que tuviese que venir en manos de un destino en el que nunca creyó.

© Pangolín Insomne 2022.-

Tiempo después, no sé cuánto, me entero que Pancho, mi amigo, había alcanzado el éxito dejándose caer desde una azotea ¡Plaf!

4 comentarios sobre “ODA A LA INERCIA

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