EN LA CUERDA FLOJA

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Con displicencia arrojó el casco sobre un sillón: chau viejo, musita entre dientes y haciendo parte del mismo movimiento, coge la nueve milímetros y un tarro de pintura spray color plata. Se sienta erguido frente a la mesita de la sala contemplando con cínico interés el paisaje de luces que se ve en perspectiva a través del ventanal ¡Hubiese sido ridículamente fácil agarrar vuelo y saltar! Diez pisos en caída libre y sería tutti: todo solucionado, a otra cosa mariposa. Nunca más temores ni fantasmas. Nunca más rostros que no son el suyo en cada espejo o cristal de escaparate que refleje su figura. Nunca más voces ni risas. Nunca más un nunca más. Automáticamente—hay cosas que jamás se olvidan— revisa los cargadores del arma. Tres, cada uno con nueve proyectiles. El olor que desprende el conjunto le hace dilatar con fruición las aletillas de la nariz; le agrada y estimula, le transporta. Son suficientes. Con fluído gesto y un chasquido familiar encaja uno, pone una bala en la recámara y quita el seguro. Juguetea. Apoya el cañón en la sien, luego en la boca saboreando el metal con aún remanentes de usos pretéritos y se dá a la meticulosa tarea de oprimir el disparador hasta el primer descanso. Un milímetro más o un estornudo y todo se irá a la mismísima mierda sin arte ni luces de colores. Descubre que su pulso, a pesar de los 45 milígramos de metanfetamina con que se obsequió hace un rato permanece firme y estable. Se siente magnífico y sin dudas, con la película suficientemente clara como para decirse: déjate de huevadas, tu público te espera. Haciendo un leve mohín al teléfono que suena desde hace rato en un rincón, sin detenerse a cerrar la puerta toma por el pasillo que da hacia las escaleras y a la noche.

Photo by Artem Lysenko on Pexels.com

Ecos, ecos de voces y música y risas escucha en su trayecto de diez pisos de bajada. Imagina que al interior de cada apartamento hay una constelación de mundos distintos, concomitantes y aún así, incomunicados. ¿Qué pasaría si en un destello de inspiración derriba una puerta, entra y deja la gran cagada gran? No puede sino esbozar una sonrisa despojada de alegría imaginando la cara de los que le vieran irrumpir ¿Saludaría?

En el aparcamiento del edificio toma la lata de pintura y con calma, tomándose el tiempo para calcular el encuadre de lo que plasmará con nítidos caracteres, escribe en uno de los muros ”La ciudad nos vomita, apártense vacas que la vida es corta”. Hecho esto, monta y sale en su corcel —1.100 cc de potencia desmesurada— a sembrar disparos en modo aleatorio por la gran ciudad, al aire de la noche santiaguina; zoológico cultural en el que damos vueltas y más vueltas como las ruedas del carro del Señor Jagannath, destrozando las cabezas de aquellos que van precisamente a la cabeza de la procesión.

La noche, cómplice húmeda y silenciosa de sus más afiebrados gritos interiores le deja hacer.

Con estudiada precisión, los disparos se suceden jalonando su camino. Resplandores trémulos de las farolas alejándose sobre el pavimento que retrocede con celeridad bajo las ruedas. Palpitar del corazón firme y tranquilo. Indiferente. El viento golpea con ferocidad a este jinete de tormentas en su carrera que le precipita hacia lo que intuye con inevitable fatalidad.

Olor a napalm y carne quemada. Humo. Explosiones que iluminan el cielo a sus espaldas con atronador bramido. Interminable rugir de helicópteros haciendo su trabajo que pasan una y otra y otra vez sobre ellos . Es tanto el miedo que ya no lo siente superado el umbral del pánico que petrifica e invalida. Sólo desea que todo termine rápido, en lo posible sin darse cuenta, abandonadas las esperanzas de que alguna vez y de alguna manera sea posible salir de este infierno. Gritos de gente a su alrededor muriendo. Las vísceras de Estévez colgando en las ramas de un árbol como ropa puesta a secar. Cadáveres y trozos de cadáveres en descomposición No hay tregua, la picadora de cuerpos trabaja sin descanso en su ciego afán de producción de vidas y sueños destrozados. No puede ni debe haberlo mientras en este mundo palpite una esperanza o hasta que los gritos, aquellos que dia y noche rebotan al interior de su cráneo se callen porque nada debe quedar; nada más que árboles desnudos de hojas y troncos incinerados: dedos esqueléticos apuntando hacia un cielo turbio por el humo y la desfalleciente luz en diagonal de un sol rojo sangre. Silbidos de balas pasando muy cerca rebotan a veces en el suelo, una roca o acaban su trayectoria en el cuerpo de algún compañero, esquivándolo a él, precisamente a él. This is the end, my only friend, the end; No safety or surprise, the end…I’ll never look into your eyes…again”. Rostros, innumerables rostros de amigos y enemigos en sucesión. La cabeza de Uriarte desaparece ante sus ojos llevada por el argumento incontrarrestable de una punto cincuenta emboscada trás la suave pendiente de la colina que han estado tratando de subir ya ni recuerda desde cuándo. Explosiones que se superponen. Más depojos humanos proyectados. Algo golpea su espalda y parece acariciar su cara. Algo tibio y ligeramente húmedo.

Tinnittus. Tinnitus incontenibles. Insoportables tinnitus que lo llenan todo, aún sus sueños. Si alguien apagara la luz. Es claro que eso no ocurrirá; no es el único que está aquí y tendrá que permanecer boca arriba, imposibilitado de moverse por sus heridas, con la luz fluorescente azotándole sin tregua las retinas vaya a saber hasta cuándo.

La experiencia, guardada en quizás qué sótano de su inconsciente le dice que no hay nada más que pueda hacer, sólo dejar que el tiempo pase con su propio ritmo mientras él se abandona a una especie de lasitud infantil, nunca lo suficientemente adormilado por la morfina. Las olas de dolor le alcanzan y le sacuden arrancándole algún extenuado gemido y se recogen enseguida con machacona regularidad.

Una playa.

La playa es amplia, de arenas rojizas y pegajosas con cosas informes flotando como restos de naufragio. También hay acantilados por sobre los que planean indiferentes aves tal si fuesen cruces pegadas a un cielo cargado de gris. Percibe los sonidos como dentro de un barril metálico. Se esfuerza por separarse de su aporreado envoltorio para flotar hasta el techo de la habitación y quedarse allí, observando su cuerpo doliente unido a él por un palpitante cordón opaco semejante al hollín. Pero su cuerpo no está, no se encuentra donde debiera y ello en lugar de causarle algún grado de extrañeza más bien le tranquiliza. Podía escuchar el ruido del mar golpeando las rocas y el olor salino del agua que como ráfagas acolchadas, iba y venía llenando la estancia iluminada cual vitrina de supermercado. Le hubiese gustado romper el cordón y alejarse por sobre el patio y por sobre los techos y por sobre este puto mundo, dejando atrás todo lo que entre estas paredes y las paredes de su cráneo está encerrado. Dejar atrás sus recuerdos, sus miedos y rencores por ejemplo; pero no todos sus recuerdos. No podía ni quería dejar atrás la escurridiza imagen de un niño que desde el fondo plano y vegetal de una foto le miraba con ojos hermosamente oscuros bañados de profunda melancolía, parado sobre el verde resplandeciente de un jardín en la plaza del pueblo donde creyó ser feliz. Se veía hermoso ¿Se imaginará que aún existo?

El niño, tal vez de un metro de alto, miraba directamente hacia la cámara —hacia él, hacia aquél quien había sido—, con el ceño ligeramente fruncido. Vestía jeans acampanados y sandalias. De su cuello pendía un colgante que él mismo le había hecho con unas delgadas tiras de cuero y un cilindro de loza morisca. En su mano derecha sujetaba una botella plástica de color rojo y su mirada…su mirada que desde el pasado irremediable y por siempre perdido, parecía querer preguntarle algo que ciertamente no había respondido y ya no era el tiempo.

Desde el momento en que cogió la Glock y revisó los cargadores, sabía que ese movimiento y los consiguientes ya estaban decididos, aún antes que se tomara aquella foto tantos años ha; tantas vidas tomadas y tantas vividas. Años antes que descifrara el código que permitía reprogramar la realidad desde uno de sus ensueños paralelos. Tiempos en los que una noche despertara en medio de un sueño opioso aún con fragmentos de la Gran Palabra Perdida atascada en la punta de los labios.

Acero, piedra, fuego y nuestros verdaderos nosotros con toda la retahíla de posibilidades, carencias y afectos fallidos esperándonos sonrientes al final del camino, a nuestro lado asuzándonos o consolándonos, según se vea. Golems descartables en su insultante perfección. Productos vacuos de la mente de algún semidios ufano en su embriaguez creadora. «La última noche que estaré conmigo será una gran noche, plena de estrellas», tarareó apagada y dulcemente.

Reflexionó sin querer escuchar el rumor acezante de sus pensamientos en continuo forcejeo por hacerese un espacio en su mente, aplastados por la urgencia del final inevitable porque ¿De qué lado del espejo se encontraba la realidad, su realidad, o lo que hemos convenido que es? ¿Soy yo realmente quien voy aquí, moviéndome nimbado por la atrocidad de lo irreparable, entre aullidos y el tufo de mis bestias infernales? ¿O los que me esperan sonrientes al final del camino me ven venir precipitándome hacia su círculo, y por ese acto me dan corporeidad en este Universo? Nada realmente importa en último caso. En unos pocos latidos del corazón lo sabrá. 4700 r.p.m. La motocicleta pega un salto cuando da todo el acelerador y éstas alcanzan las 11.000. Se sitúa sobre la línea blanca que demarca la ancha avenida en tres pistas y enfila con una especie de gratitud en el corazón, o el lugar donde se alojen esos sentimientos, su monstruo rugiente hacia los vehículos policiales que le aguardan cerrando las salidas, clausurando las posibilidades. No siente interés en esquivar el foco que desde un helicóptero que le ha seguido por varios kilómetros da a su silueta un nimbo espectral. No le intimida ni puede disuadirlo. Está más allá de todo eso; es lo que ha buscado por lo demás. Lo ha conseguido y por una de las pocas, si no la única vez en su vida, siente que ha ganado. Se descorrerán las cortinas que ocultan esta realidad movediza y podrá encaramarse a otro escenario. Otra representación, otro público. O tal vez nada ni nadie. No importa para maldita sea la cosa en definitiva. Oscuridad, cemento, titulares de la prensa durante unos dias y luego olvido. Bello y anhelado olvido.This is the end, my only friend, the end.

Imágenes, sonidos, sombras, voces, recuerdos que se van amontonando de manera precipitada. El rostro de su padre en aquella cama de hospital mientras le rasuraba y conversaban sobre lo que intuían era el fin de sus historias en común; sus hijos que apenas había conocido y que sin embargo había amado con todas las fuerzas que su espíritu marchito por los aconteceres— arrinconado y tironeado por un destino en el que nunca creyó— le permitía. Había olvidado cómo era amar, también cómo era o cómo se sentía odiar. Se vió a sí mismo reflejado en las pupilas de Gabriela, mirándolo cómplice en esas noches de música y hermandad con sus amigos melipillanos en casa de Sandra. Se vió también caminando y compartiendo un caño rumbo a la Plaza Centenario con López, el único amigo al que había realmente amado y concluyó que sí, que habían sido de los pocos momentos atesorables y dignos de contemplar por última vez y que habían valido la pena.

Olvido, para siempre jamás y por los siglos y milenios de los milenios, olvido.

¡A la mierda! Apretadas las mandíbulas, enfila sin vacilar la motocicleta directamente al centro de una de las patrulleras atravesadas en su camino sintiendo nítidos el sabor de los mocos, lágrimas y anfetaminas al fondo del paladar.

© Pangolín Insomne 2022.-

4 comentarios sobre “EN LA CUERDA FLOJA

  1. Me ha gustado. No obstante, revísalo a profundidad: hay algunos errores de puntuación y detalles en la redacción que puedes mejorar (por ejemplo, algunos «había» consecutivos).
    Me pierde un poco la forma en que expresas los pensamientos del personaje, pues lo haces a lo largo del relato por tres vías diferentes: desde el narrador, desde el mismo personaje y como monólogo interno. Quizás si lo unificas de una sola manera, el relato quedaría más redondo. Puede que este artículo te sirva de inspiración: https://crixus.wordpress.com/2022/02/28/cuando-tus-personajes-piensan/

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    1. Gracias Alex por tomarte un tiempo para ayudarme a corregir los ripios que hay en mis escritos.
      Estoy en un proceso de aprendizaje dado que escribo «a lo bestia» sin técnica ni conocimientos de cómo hacer funcionar un relato. El texto que comentamos lo releí y corregí innumerables veces—de hecho eliminé cualquier cantidad de puntos suspensivos, comas antes y después de «y», como sugieres en algunas de tus publicaciones. Aún así quedaron forados y cojeras como ahora estoy viendo.
      Seguiré editando.
      Saludos desde el Sur del mundo.

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        1. ¡Santo Cielo! (En sentido figurado)
          Me he puesto a adecentar el artefacto luego de haber leído bastante de lo que has publicado en torno al tema y claro, tienes razón: había errores y muchos. Espero haberlos subsanado. Queda mucho por pulir.
          Gracias Alex.

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