UNA LÁGRIMA EN LA ARENA

Buscando una lágrima en la arena con esperanzada e indefinible decisión. Como si la suerte de toda la raza humana dependiera de ello comenzando por su propia y oblonga vida. Anhelando que ahora sí, que esta vez sí.

Pero no.

Las lágrimas —especiamente aquellas que caen en la arena de cualquier parte del mundo, desierto o playa— están destinadas a desaparecer por entre los recovecos y junturas de cada gránulo para sumirse y perder su identidad lacrimosa y ser sencillamente algo más, o algo menos, en las anfractuosidades irrepetibles del terreno.

El sol ha cedido su lugar a la luna; siente el irresistible deseo de aullarle: impulso atávico fijado en sus genes —ignorado hasta este instante en que percibe su extraordinaria pequeñez e indefesa animalidad— para llamarla por el nombre que acaba de invocar sólo para ella y es el de aquella mujer que derramó sus lágrimas frente a este mar y que entonces, decidida por el acicate de la desesperanza, la pena y las voces al interior de su mente, siguió el camino de plata que se une al horizonte para fundirse en la nada.

Oscuridad. Ausencia perpetua. Descanso y nada más que olvido, al fin.

© Pangolín Insomne 2022.-

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