LO QUE CALLAMOS LOS BOOMERS

Para los que aún no lo saben, somos aquella especie en vías de extinción aparecida en este planeta a mediados del siglo pasado. Saliendo de una Guerra Mundial de la remilputa y que tuvo, amén de la barbarie rampante con su millonada de muertos, una explosión—boom—en la tasa de nacimientos. Nací una década después de cesadas las hostilidades, aunque no todas. Continuaron con la Guerra Fría en que las dos potencias ¿Ganadoras? se hicieran con la hegemonía mundial. Dos miradas totalmente contrapuestas y hasta hace relativamente poco tiempo, irreconciliables. No podía ser de otra manera. Una de ellas—magnánima— en su empeño por imponer la concepción que tenía del modelo ideal de sociedad, con sus métodos de persuasión dejó una cagada monumental y otro tendal de muertos. Millones.

Photo by Barbara Olsen on Pexels.com

Somos hijos del rigor. Nuestra esperanza de vida al nacer era de 50 años, si es que superábamos el primero que era crítico. Viruela, sarampión, poliomielitis, tuberculosis, desnutrición o una simple diarrea cancelaban todas las posibilidades ¡Porca miseria!

Crecimos en calles sin pavimentar, sin alcantarillado ni TV. además debíamos ir a la escuela a pié, sí señor: no existía la locomoción colectiva. Jugábamos en la calle y de tarde en tarde alguno regresaba a casa con una herida producto de un porrazo o la nariz rota a raíz de desacuerdos que desembocaban en la inevitable pelea. Nuestro padres sólo nos miraban y movían la cabeza mientras curaban los estropicios. Nada de ir a encarar al agresor o denuncias a la policía. Teníamos que ser capaces de solucionar ese tipo de dramas solitos, enfrentar el miedos y/o vergüenza de tener que pasar por la misma calle testigo de la trifulca y decidir qué hacer si se nos aparecía el pendejo que nos había sacudido el esqueleto. Una cosa estaba clara que no haríamos: Huir.

No nos afectaban ni nos perdíamos en conflictos existenciales. Éramos felices de una manera y con los medios que a quien ahora tiene menos de 30 años le parecerían inverosímiles. No estoy tratando de significar que ésa fuere una época dorada, bucólica o incluso añorable. Era jodida. Sólo que no teníamos otra para comparar. Tampoco a dónde ir, resumiendo.

Hubo quienes nos dejamos crecer el pelo, usamos pantalones acampanados, escuchamos a The Beatles; tal vez formamos una banda para imitarlos; hubiésemos querido estar en Woodstock; nos dimos a la sicodelia y fuimos señalados por el dedo acusador del rebaño conformista. Éramos hippies. Tercermundistas pero hippies ¿Y qué?

Woodstock ’69. Único e irrepetible

Así, casi sin darnos cuenta nos encontramos en la actualidad preguntándonos a dónde mierda fué a parar el montón de años entre lo que les acabo de esbozar y el dia de hoy en la mañana.

El tiempo nos trató de distinta manera. Algunos devinieron en vejestorios decrépitos, agostados por las enfermedades y/o la pobreza. A otros nos fué un poco mejor: no estamos decrépitos ni enfermos y de una u otra forma nos encaramamos a esto de la modernidad teconlógica. No nos quedamos abismados frente a un computador o a un móvil de última generación cuál burro mirando pasar el tren. Algo aprendimos. Aprendimos a tomar lo bueno—y mucho—que hay atravesando el antejardín de nuestra casa sin temor, conscientes que venimos de vuelta y con derecho a ocupar el mismo espacio plagado de millennials, centennials & other living things sin tener que encogernos o hacernos invisibles.

© Pangolín Insomne 2022.-

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